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miércoles, 30 de enero de 2013

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Stefan Zweig


Stefan Zweig (1881-1942) poseyó de un modo excepcional el don del narrador,  consistente en saber arrancar de la más trivial y trillada historia, por poco original que resulte su punto de partida, una narración desbordante de belleza y de elegancia. En este sentido no resulta extraño que en su tiempo, y todavía hoy, Zweig gozara de la mayor reputación como biógrafo de los grandes protagonistas de la historia, entre ellos María Antonieta, Fouché, Erasmo, Dostoievsky o Montaigne: ciertamente, escarbar en la aridez de toda una vida y encontrar, en su profundidad, los vestigios de la tragedia humana, la esencia de un destino particular e insalvable, es una empresa reservada a muy pocos escritores, y Zweig la supo cumplir mejor que nadie.
Con todo, conviene no dejar que, como ha pasado con demasiada frecuencia, su faceta de biógrafo nos oculte la originalísima voz que poseía como narrador, a la que debemos piezas tan rotundas y brillantes como "Carta de una desconocida", la perfecta "Novela de ajedrez" o bien la que ahora nos ocupa, "Veinticuatro horas en la vida de una mujer", para citar solo algunos títulos de entre su extensa producción. Todas ellas son obras breves, casi cuentos, conducidas con una prosa austera y equilibrada, despojada de ornamentos superfluos o aditamentos innecesarios. El propio Zweig reconocía que esta forma de escribir respondía a un vicio que él mismo tenía como lector, a saber: la impaciencia. La necesidad de precipitarse desde la primera línea, como en un torbellino, hacia la última, de ser absorbido (pero sin efusiones románticas, a pesar de todo) por el juego de pasiones y pensamientos que recorren las páginas de un libro, era para Zweig una condición necesaria de la buena literatura, y él mismo supo dejarse guiar por ese instinto a la hora de escribir sus obras; y lo hizo, cabe decir, con muy buena fortuna.
Zweig nació el año 1881 en Viena, hijo de una acaudalada familia judía; judía, como él mismo decía, únicamente por una casualidad de nacimiento, por lo que la religión nunca jugaría un papel especialmente significativo en su vida. Pasó su infancia y su juventud, pues, rodeado de la crème intelectual de la Austria del cambio de siglo, en lo que él mismo denominaba, en sus memorias intituladas "El mundo de ayer", la «Edad de Oro de la seguridad»: un mundo plenamente burgués, convencido de sí mismo y desapasionado; un mundo de hombres gruesos y de barba entrecana, donde el optimismo y el sueño de una Europa cosmopolita era todavía un ideal tangible. En aquella época, Zweig se doctoró en Filosofía por la Universidad de Viena, y se rodeó allí de la más exquisita vanguardia vienesa, en un ambiente cultural en plena efervescencia que difícilmente volverá a repetirse jamás.
Claro que entonces llegó la Gran Guerra, y con ella el fin del sueño burgués. En efecto, la Primera Guerra Mundial puso al descubierto los numerosos odios y rencillas ocultas bajo la epidermis de Europa a lo largo de generaciones, y que en pocos años estallaron en forma de nacionalismos acérrimos y políticas demagógicas, llevando el mundo hacia aquel abismo de horror que fue la primera mitad del S.XX (cuyas secuelas perduran, lamentablemente, todavía hoy). Durante la Gran Guerra, después de haber servido brevemente en el ejército austríaco, Zweig, convencido antibelicista gracias a la influencia de su amigo Romain Rolland, decidió exiliarse a Suiza, donde ejerció de corresponsal hasta el final de la guerra. El armisticio del 18 le permitió regresar a Austria, donde residió (salvo por sus numerosos viajes) hasta el ascenso del nazismo y las primeras persecuciones antisemitas, en 1934, momento en el que decidió emigrar a Londres. En 1941 se estableció definitivamente en Brazil, donde, persuadido de la victoria del nazismo y de lo que el sentía (sin equivocarse demasiado) como el fin de la gran cultura europea, se suicidó, junto a su segunda esposa, el 22 de febrero de 1942.
Evidentemente, la literatura de Zweig, como todo el arte judío (“arte depravado”, lo llamaban), había sido prohibida en la Alemania nazi. No obstante, incluso después de levantada la prohibición, la obra de Zweig fue quedando paulatinamente en un segundo plano, olvidada en muchos casos, y del notable éxito que logró en vida apenas quedó un destello. Por fortuna, en los últimos años parece que ha habido una progresiva recuperación de su trabajo y de su figura. En España, concretamente, Acantilado y otras editoriales están reeditando sus principales escritos con un empeño loable. Y lo realmente curioso es que la obra de Zweig resulta hoy mucho más actual de lo que jamás habríamos sospechado: toda ella emana, en efecto, un aura de tolerancia, de exquisitez y de elegancia que demuestran qué cumbres pudo alcanzar una vez el sueño de la cultura. Y debemos estarle agradecidos a Zweig por ello.
"Veinticuatro horas en la vida de una mujer" constituye una de las mejores muestras del talento de Zweig. Es, a pesar de su brevedad, una novela perfectamente estructurada y articulada, manejada con un estilo admirable que oculta, bajo su sencilla fluidez, la mano maestra de un auténtico escritor. El argumento, cierto, no resulta especialmente original; de hecho podríamos encontrar, tanto en el S.XIX como a principios del XX, innumerables relatos, muchos de ellos mediocres, con un planteamiento similar. Es sin embargo la habilidad de Zweig, lo que antes llamamos el don del narrador, la que convierte esta obra en una pieza única y hermosa, lírica y refinada, exenta de toda afectación superflua. La sobriedad del estilo se aúna en ella con un profundo conocimiento de la psicología humana (especialmente la femenina, que el autor supo siempre retratar con suma elegancia) y con un gran dominio de los recursos narrativos, que convierten a Zweig en el referente literario que indudablemente es.
El punto de arranque de la historia, como decíamos, no se aleja demasiado de la tradición literaria más inmediata: la tranquilidad de los burgueses aposentados en un hotel cerca de Montecarlo se verá turbada cuando una de las huéspedes, Mme. Henriette, mujer de un comerciante y madre de dos niñas, dama exquisita y discreta, se de a la fuga con un atractivo joven que acababa de conocer apenas veinticuatro horas antes. Puesto que la naturaleza humana es dada al chismorreo, los otros huéspedes no tardarán en hacerse eco de la noticia e inmediatamente a reprochar, de acuerdo con la moral burguesa, la acción de Mme. Henriette. La controversia surgirá, sin embargo, cuando el narrador decida defender, frente a las críticas de sus contertulianos, el honor de la dama, sosteniendo que el modo en que esta obró demuestra en realidad mayor franqueza y valor que el de aquellas mujeres que se someten a pesar suyo a una vida de hastío y de miseria. La cuestión, entonces, queda planteada en los términos siguientes: ¿pueden ser bastantes veinticuatro horas para que una mujer honesta descubra dentro de sí, más allá de todas las estrictas convenciones sociales, un destello de vida, y se aboque a él como el único camino acorde con su destino? ¿Merece por ello realmente el oprobio?
La discusión, sin bien breve, resultará ser suficiente, no obstante, para remover los recuerdos de una distinguida anciana aposentada en el hotel, quien pedirá al narrador relatarle, como a un confesor, ciertos acontecimientos de su vida pasada. Su historia, como no podía ser de otra forma, tendrá por eje la pregunta anterior, para mostrar en definitiva que veinticuatro horas son ciertamente suficientes para llevar a una mujer distinguida a abocarse a una pasión más allá de las normas sociales, y a replantearse radicalmente los términos de su propia vida.
Como puede verse, el argumento, si bien sencillo, sabe plantear cuestiones para nada banales en aquella época, ni tampoco en la nuestra. Entre los diversos méritos de Zweig, destaca el de haber reflexionado, como pocos autores lo han hecho, sobre el papel de la mujer en la sociedad, y de dotarla, arrancándola del rígido corsé burgués, de una entidad psicológica y sexual de la que tradicionalmente se la había querido privar. La sutil sexualidad que aparece en Zweig no es, desde luego, la sexualidad pusilánime de las mujeres perdidas -tal como se las retrataba usualmente-, que han olvidado su función social, sino una sexualidad libre, espontánea y natural, que lleva en sí no la vergüenza, sino la dignidad y la franqueza.
Por lo demás, los personajes que dibuja el autor están, como siempre, dotados de una humanidad palpable. Los retratos que Zweig hace de ellos, bien sea en sus descripciones, bien a través de la narración de sus actos, dibujan seres llenos de vida y de pliegues emocionales que contrastan en un logrado efecto de luces y de sombras. Por lo que a este punto se refiere, "Veinticuatro horas en la vida de una mujer" recoge algunos pasajes que muestran a Zweig en la plenitud de sus facultades, como el asombroso pasaje del casino, o aquel no menos magistral en donde se relata el encuentro carnal de la mujer con un hombre prácticamente desconocido.
No me queda, pues, nada más sino aconsejarles que lean a Zweig, si no lo han hecho ya; este libro u otro, tanto da, pues todos ellos muestran, a pesar de los defectos propios de cualquier escritor, la huella de un talento fuera de lo común y de una personalidad marcadamente singular, llena de luz y de fuerza. Y, lo más importante, no se dejen engañar por el tamaño de sus libros o por su aparente sencillez: porque apenas 100 páginas de Zweig esconderán siempre más literatura de la que un lector desprevenido habría sospechado jamás encontrar allí.

domingo, 9 de diciembre de 2012


Unamuno, el vencido invicto

Jon Juaristi bucea en la vida y en la época de uno de los intelectuales más importantes de España en una obra que recoge con brillantez las contradicciones de un tiempo terrible

Las mismas que rigieron el destino de Unamuno


http://cultura.elpais.com/cultura/2012/12/07/actualidad/1354910428_607359.html

martes, 26 de octubre de 2010

Eliacer Cansino ... Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2010

El Ministerio de Cultura ha concedido al escritor sevillano Eliacer Cansino el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2010, dotado con 20.000,00 €, por su novela "Una habitación en Babel", en la que describe la convivencia en una torre de pisos, un edificio tumultuoso, lleno de vida y problemas, en el que se instala Angel, un profesor de Filosofía que empieza a descubrir otra realidad en el trato diario con personas inmigrantes. 

Eliacer, que ya había recibido en 2009 el Premio Anaya, se enteró de la noticia mientras preparaba su viaje a Japón, donde va pronunciar una charla sobre la narrativa dirigida a dolescentes y a para presentar la traducción de su libro "OK, señor Foster".

http://www.anayainfantilyjuvenil.com/cgi-bin/principal.pl?opcion_menu=mostrar_ficha&codigo_comercial=1525054&obrcod=2056659&id_sello_editorial_web=15 

sábado, 23 de octubre de 2010

Ken Follett, el fabricante de best sellers

El escritor galés Ken Follett, autor de libros tan difundidos como "Los pilares de la tierra" y "Un mundo sin fin" ha presentado en Madrid su nueva obra, "La caida de los gigantes", un viaje al primer tercio del siglo XX.

Se trata de una novela épica de amor y odio, de guerra y revolución.  Según la descripción del propio Follett, "esta novela es la historia de mis abuelos y de los tuyos, de nuestros padres y de nuestras propias vidas. De alguna forma es la historia de todos nosotros"

"La caída de los gigantes", primera entrega de una trilogía, sigue los destinos de cinco familias diferentes a lo largo y ancho del mundo. Desde América a Alemania, Rusia, Inglaterra y Gales, Follet sigue la evolución de sus personajes a través de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y las primeras luchas por los derechos de la mujer.

Como ya nos tiene acostumbrados, Follet muestra un especial interés por Gales, su tierra natal, al comenzar con la historia de Billy Williams, un sencillo minero; en América encontramos a Gus Dewar, un estudiante de derecho con el corazón partido por un desengaño amoroso. En Rusia, dos hermanos huérfanos, Grigori y Lev se ven en medio de una revolución que trastoca sus vidas y acaba por separar sus caminos. Como nudo entre las historias encontramos a la hermana de Williams, que trabaja en Inglaterra como ama de llaves de Lady Fitzherbert, enamorada de un espía alemán, Walter von Ulrich.

Poco a poco estos personajes irán encontrándose a medida que la inmensa maquinaria creada por Follet va avanzando, tan deprisa y violenta como el principio del siglo XX en el que se ven inmersos y, en los siguientes volúmenes de la trilogía, Follet seguirá contándonos las historias de estas mismas familias, creando un gran texto generacional con el que escribir y retratar uno de los siglos más terribles y maravillosos de la historia de la humanidad.

domingo, 17 de octubre de 2010

Vargas LLosas, el Nobel y su obra.

Pues sí, me gusta mucho Mario Vargas Llosas, como escritor y como persona.  He leído todos sus libros y hace unos años le ví en Sevilla, representando al rey Sahrigar junto a Aitana  Sánchez Gijón (magnífica Sherezade), en " Las mil y una noches", y  me impactaron su presencia imponente y su saber estar sobre el escenario.
 
Por eso comparto lo que dice Javier Cercas, en su artículo de El País: "intelectual ejemplar, que siempre ha servido a las causas que defiende sin servirse de ellas"; "siempre dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas"; "en su evolución política, desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea".

También creo, con Cercas que, tanto como pensador como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad, que nunca ataca a las personas sino a las ideas; y, cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas,  debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derechas ni de izquierdas, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje".

Ésto, con los tiempos que corren, donde poc@s se atraven a salirse del guión y de lo políticamente correcto, es más de lo que se podría decir de much@s, que ya quisieran...

En este mismo sentido se pronuncia el historiador del Arte y filósofo, Manuel Ruiz Zamora, en su Tribuna del Diario de Sevilla (sábado 23 de octubre de 2010): "Si lo que define a un intelectual es la valentía de decir lo que cree que debe decir cuando nadie se atreve a decirlo, Vargas Llosa lo ha hecho de manera esplendorosa, jugándose a menudo su reputación y su prestigio".

También, como el mismo se define, es un contador de historias, para mí entrañable. Como última muestra, su brindis en la noche posterior a la entrega del Nobel. Delicioso.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/izquierda/Vargas/Llosa/elpepuopi/20101017elpepiopi_4/Tes
http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/818905/vargas/llosa/o/intelectual.html
http://hoyesarte.com/miradas/8836-el-brindis-del-nobel.html

jueves, 12 de agosto de 2010

Gabriel G. Márquez y sus "13 líneas para vivir".

Cuando hablamos de Gabriel García Márquez a todos nos viene al pensamiento su gran obra maestra "Cien años de soledad".

Sin embargo, tengo la sospecha que el gran prodigio de este autor es su propia humanidad. Cómo me hubiera gustado, por ejemplo, haber asistido (desde un agujerito), a uno de sus encuentros con su buen amigo Felipe González, ... Qué delicia poder compartir desde la distancia y el anonimato sus confidencias.

Si no me equivoco, sus "13 líneas para vivir" pertenecen a su última etapa, cuando ya era consciente de su grave enfermedad. 

"Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien se las merezca no te hará llorar".
"No pases el tiempo con alguien que no esté dispuesto a pasarlo contigo".
"Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para alguna persona tu eres el mundo".

!Cuánta sabiduría y belleza¡

miércoles, 11 de agosto de 2010

Neruda nos invita a no dejarnos morir ... lentamente

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee,
Muere lentamente quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su vestimenta
o bien no conversa con quien no conoce.
Muere lentamente quien evita una pasión
y su remolino de emociones,
justamente éstas que regresan el brillo a los ojos
y restauran los corazones destrozados.
Muere lentamente quien no gira el volante
cuando está infeliz con su trabajo, o con su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto 

para ir detrás de un sueño
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos...
¡ Vive hoy !
¡ Arriesga hoy !
¡ Hazlo hoy !
¡ No te dejes morir lentamente !
¡ NO TE IMPIDAS SER FELIZ !

Pablo Neruda

domingo, 20 de junio de 2010

Ha muerto Saramago, un hombre excepcional.

Ayer, 19 de junio, Portugal ha dado su último adiós a José Saramago, su premio Nobel de Literatura,  con un duelo nacional de dos días. Su féretro ha llegado a Lisboa desde Lanzarote acompañado por su viuda, su hija Violante y la ministra portuguesa de Cultura. Sus cenizas van a ser esparcidas en Azinhaga, donde nació el 16 de noviembre de 1922.
Durante la tarde del sábado centenares de personas, anónimos y famosos, han querido rendirle un último homenaje, desfilando ante la capilla ardiente instalada en la alcaldía de Lisboa. Algunos llevaban un clavel rojo, como símbolo de la revolución que puso fin a la dictadura de Salazar, el 25 de abril de 1974. Entre ellos, su amigo, el folclorista, cantante, intelectual y hombre de izquierdas, Carlos do Carmo, quien ha manifestado que, a sus 70 años, nunca había conocido "a alguien que fuera tan querido, que le gustara tanto a todo el mundo; sobre todo, a la gente muy sencilla". Y recordaba que la mayor enseñanza que había recibido de su buen amigo era "su paciencia inagotable", que, según él, provenía de su nobleza. Pero que también tenía un humor muy particular, que la gente no conocía, y que era una persona muy generosa, por lo que eran muchas cosas las que aprender de una sola persona.
Yo tuve la gran suerte de ver y escuchar en persona a José Saramago, en Sevilla, en mayo de 2006, y me quedé prendada de su encanto personal, de la fuerza suave y firme que era capaz de transmitir. Me pareció un hombre joven, a sus 83 años, lleno de vitalidad y optimismo, feliz y enamorado de su compañera, la periodista andaluza Pilar del Río. Mujer afortunada, lo conoció a raíz de entrevistarle con ocasión de la publicación de una de sus mejores novelas, “El año de la muerte de Ricardo Reis”. Si tenemos en cuenta que él mismo pensaba que "la ética era la mujer más guapa del universo", no me cabe duda de que Pilar es además una gran mujer.
Me gustó mucho escuchar de su propia voz que se consideraba “un hombre con un campesino dentro”, recordando, con la mayor sencillez que, en su caso, nada prometía un Premio Nobel porque había nacido en una familia de gente muy pobre, campesina y analfabeta; en una casa donde no había libros y en unas circunstancias económicas que no le habían permitido entrar en la universidad. Que desde niño había sido callado, reservado, melancólico y que sus alegrías o tristezas eran interiores y no las manifestaba.
Decía que lo maravilloso de la especie humana era que se había hecho a sí misma, que lo ha inventado todo.  Que, en su caso, como “nunca esperé nada de la vida, por eso lo tengo todo”. Que empezó a escribir bien tarde y que lo hacía despacio, sin prisas. Aún así, su vida ha sido fructífera y ha podido publicar alrededor de 30 obras, entre novelas, poesía, ensayos o piezas de teatro, durante 60 años.
Creo que lo más importante, lo que entusiasmaba de su persona y lo que hacía que todo el mundo que lo conocía le admirara y lo quisiera era su actitud vital, “su compromiso con la vida”. Decía que más que la literatura, que no debe ser instrumentalizada, el compromiso, si existe, debe ser el del propio escritor.  Saramago seguía defendiendo con ardor a los oprimidos, siendo muy crítico con los poderosos, al mismo tiempo que defensor de causas como la saharaui y. sobre todo, la palestina, …
Y todo ésto, con una gran sencillez: Saramago nunca disfrazó ni ocultó lo que pensaba. Ni tampoco tuvo empacho en confesar que el único valor que consideraba revolucionario era la bondad, lo único que cuenta; y que el sentido común se convierte en el instrumento más revolucionario en este mundo de locos que es el de la violencia. Decía que “la razón no es enemiga de las ilusiones, de los sueños, de la esperanza, de todas esas cosas que tienen que ver con los sentimientos... Porque la razón no es algo frío, no es algo mecánico. La razón es lo que es, con todo lo que uno es de sentimientos, de deseos, de ilusiones, …”
Pensaba que “cuando descubrimos al otro, en ese mismo instante nos descubrimos a nosotros mismos, unas veces en lo mejor y otras en lo peor, cuando intentamos dominarlo. Si llegamos a una relación con el otro en que la condición principal sea respetar sus diferencias y no tratar de aplastarlas para hacerlo como uno, entonces aparecerá en nosotros lo positivo... No podemos darnos el lujo de ignorar que el respeto humano es la primera condición para convivir”.
Quisiera añadir que comparto lo expresado por José Antonio Griñán, en  su artículo publicado en el Diario de Sevilla. Efectivamente, la muerte de José Saramago "deja en todos nosotros, los andaluces, el sentimiento de haber perdido a uno de los nuestros y que la razón de que un escritor tan profundo y, en ocasiones, difícil, sea tan leído está en la forma que tenía de expresar esas profundidades que todos llevamos dentro y que casi nunca queremos aflorar. Sus temas solían ser los temas eternos; por eso sus argumentos eran reflexiones sobre el ser, sobre el vivir, el morir, el recordar o el amar".
Finalmente, resaltar que Saramago nunca se dejó intimidar por los convencionalismos del poder, todo un ejemplo a seguir en estos tiempos que vivimos. Precisamente, su coherencia le costó el exilio voluntario a Tías, en la Isla de Lanzarote, donde vivió los últimos 17 años de su vida.
Y, aunque él pensaba que todo acaba aquí, “Descansa en paz, maestro”. Con permiso de Pilar, te admiro y te quiero.